Política exterior inmobiliaria
Donald Trump pasó de ser un presidente neo aislacionista en su primer mandato, a un presidente neo imperialista. En este primer año de gobierno ha tomado acciones concretas, que no dejan duda que para él no existe el multilateralismo, que no hay contrapesos jurídicos que valgan, y que nada en el “concierto de las naciones” puede detenerlo en la consecución de los intereses de Estados Unidos. Es la realpolitik del siglo XXI, donde el interés nacional es la visión inmobiliaria del tycoon del real estate que habita la Casa Blanca.
El resultado de un 2025 lleno de medidas y atropellos inéditos, que hace muy poco habrían sido un escándalo mundial, es una percepción eufórica en la Administración Trump de que nuestra región es realmente su patio de juego trasero. Nada se les puede negar porque todo lo pueden, de nada se les puede convencer porque a nadie escuchan.
En las entrevistas que han dado la semana pasada su secretarios Marco Rubio o Chris Wright, así como el vicejefe de Gabinete, Stephen Miller, un extremista de MAGA, ha sido uno de los asesores más cercanos a Trump y que promovió la militarización la política interna con el uso de la Guardia Nacional, han sido no sólo explícitos, sino arrogantes respecto al grado irrestricto de control que tienen sobre el petróleo venezolano y la forma en la ellos (no el pueblo de Estados Unidos, sino ellos) “tutelarán” las riquezas petroleras de otro país para “bien” de los venezolanos.
No es de extrañar que casi en la misma semana se redoblasen las indirectas -y directas- contra la soberanía de Groenlandia. Trump lo dijo muy claro, “Groenlandia será nuestra de la manera amable, o de una manera más difícil”. La única manera de defender bien algo es si te pertenece, uno no cuida una propiedad igual cuando la “renta”. Esa es la manera de ver el mundo del hombre más poderoso del mundo. Para quienes se dedican a los bienes raíces, lo más importante de una propiedad es su localización (location, location, location, dicen); pues Groenlandia, para tragedia de Dinamarca, tiene ese atributo.
En su mentalidad de desarrollador inmobiliario, que el artículo 5 de la OTAN establezca los términos de la “defensa colectiva”, o que su país tenga un acuerdo bilateral con Dinamarca desde 1951 que le permite tener tropas en Groenlandia, equivalen a las cláusulas de un contrato caduco, poco relevante y de sanciones que lejos están de “ser un obstáculo para el negocio”. El señor quiere ser dueño, punto. Para él, Groenlandia no es sólo una manera de evitar que China o Rusia se apropien de esa esquina del planeta: la isla es su Trump Tower.
Sorprende y alarma que los europeos han sido cautelosos en su rechazo a la amenaza Trump. Sorprende y alarma que en un mundo que al parecer está por dividirse en tres zonas de influencia dominadas por Estados Unidos, Rusia y China, la Unión Europea esté borrada de la repartición de zonas geográficas en el planeta.
En este contexto, sumado al atropello internacional de la captura de Venezuela, a las amenazas de atacar directamente a los carteles en México y con la revisión del T-MEC en puesta, nuestra política exterior ha tenido una precisión quirúrgica. En un clima de nerviosismo internacional y una peligrosa sensación de urgencia, México reaccionó con serenidad y estrategia de largo plazo: acotar directamente a Trump y su gabinete, para que ambos gobiernos colaboren en el objetivo común de combatir al crimen organizado, sin exabruptos populistas en los medios, y cada uno haciéndose responsable del tramo de responsabilidad que le corresponde y sus propias asignaturas pendientes, pues mucho disminuirá la violencia en México si los flujos de armas ilegales que vienen de Estados Unidos se reducen tanto como la migración y el fentanilo que fluyen de sur a norte.
