Confundir el poder con la violencia: A golpes en el Senado

A la luz de recientes sucesos en el Congreso de la Unión, necesario señalar que vivimos en un entorno profundamente violento. Lo vemos a diario, en las noticias y lo vivimos cotidianamente en casa, en la calle, en las escuelas. Somos testigos de un crimen organizado que mutila cuerpos como mensaje, de hombres que golpean a sus parejas, de trifulcas afuera de los antros y enfrentamientos violentos en las barras de equipos deportivos, de abusos de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad, encontrones entre automovilistas y ciclistas, riñas estudiantiles que se hacen virales en redes sociales, de legisladores golpeándose en el Congreso de la Unión.

Hay que leerlo dos veces: Legisladores golpeándose en la tribuna del Congreso de la Unión; como si su investidura no cargara con la enorme responsabilidad de poner un ejemplo de cara al país que dicen representar.

Lo que se vio ayer en la Comisión Permanente del Congreso de la Unión es símbolo de un cáncer en metástasis: confundimos el poder con la violencia. Nuestros representantes populares, los que se violentaron verbalmente, los que se golpearon físicamente, y los que corearon a gritos mientras aquello sucedía, son, sin excepción, cómplices de fomentar la percepción que tenemos como sociedad de que la violencia es un derecho intrínseco del poderoso, que la podemos utilizar para imponer nuestra voluntad.

Se nos cuela por todos lados, la violencia se ha hecho de su propia estética y lenguaje. Sin embargo, es un medio instrumental, siempre orientado a un fin. No crea nada por sí misma, solo puede destruir e imponerse temporalmente. Es recurso de los frustrados, de quienes ante la falta de poder recurren a imponer su voluntad por la fuerza. Es, como tal, símbolo de debilidad.

Pongo en evidencia lo dicho con la declaración del senador PRIista, Alito Moreno, quien en conferencia de prensa después del zafarrancho bramó:

“Que venga aquí (Fernández Noroña) para que le pegue dos chingadazos a ese cabrón y le enseñemos que a las mujeres se les respeta. Porque si no lo educaron, aquí en el senado lo vamos a educar”.

¿Qué mensaje es ese para un país como el nuestro?

No se educa a golpes, ni a gritos, ni a jaloneos; porque la violencia no mejora, no construye. El verdadero poder surge de la legitimidad y los consensos. Es relacional. Frente al poder verdadero la violencia sale sobrando.

Por lo mismo, no podemos eximir a ninguna de las partes. Responsables son tanto los provocadores como los provocados, al que le quede el saco. En sus formas prepotentes y polarizantes, nuestros legisladores se olvidan cotidianamente de la necesidad inaplazable de construir salidas pacíficas a nuestros conflictos. Ayer se les salió de la manos. Tanto a quienes controlaron la sesión a su gusto, como a los que asumieron que eso era un pretexto válido para sacar su coraje a pasear. Al no poder, valga la redundancia, imponerse de forma pacífica y consensuada su opción fue recurrir a la violencia.

En respuesta a lo sucedido no hubo quien saliera a pedir disculpas. Todas las partes han optado por jugar a ser víctimas. Ante los insultos a gritos y la imágenes de personas pateadas mientras estaban en el piso, nadie ha tenido la altura de reconocer el enorme error que es decirle a los y las mexicanas que la violencia tiene cabida en el escenario del poder.

La cobertura mediática se sumó, en su gran mayoría, a esta narrativa. No faltó aquel que buscara quien pegó más o mejor, se calificaron las acciones en grados de cobardía o valentía. Se trató la forma; tan cabalmente hemos normalizado la agresión que se dejó de lado la condena del uso de la violencia como tal.

El mensaje final no puede ser que el barco aquí si se navega a gritos y chingadazos. Que está bien si así lo hacemos en casa, en la calle, en la escuela, porque el poderoso violenta, pega, amedrenta, y de paso aplaude, grita y corea consignas mientras todo sucede. Los y las legisladoras de una política vieja y rancia se suben a la tribuna a dar discursos sobre la violencia en el país, acusándose mutuamente de si un sexenio fue peor que otro: en cual hubo más muertos, en cuál más desaparecidos. Como si eso los purificara y les diera altura moral. Utilizan a diario las tragedias de este país como carne de cañón en sus discursos políticos y al final, ante sus propios conflictos, terminan siendo lo mismo: perpetradores de la violencia que acecha a México.

Me quedo con las palabras del senador Clemente Castañeda de Movimiento Ciudadano. “Tenemos la responsabilidad de ser referentes de la tolerancia y el respeto, y no abonar a la violencia en ninguna de sus expresiones.” Ante el entorno enrarecido en el que vivimos, merecemos que si algo -pueden- como mínimo nuestros gobernantes, sea poner el ejemplo.

Sofia M. Provencio es presidenta del Consejo Consultivo Ciudadano, Pensando en la CDMX, de Movimiento Ciudadano y subdirectora del Centro de Estudios Legislativos para la Igualdad de Género del Congreso de la Ciudad de México. Colaboradora del Heraldo y Radio Fórmula, así como consejera de Reforma Ciudad.

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