Bienestar digital 2025: los móviles son calabozos de aire
En su Historia de cronopios y famas, el escritor argentino Julio Cortázar tiene un relato que perfectamente podría haber dedicado al teléfono móvil si hubiese nacido en el siglo XXI. Se titula “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj”. Y dice así:
“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure […]. Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben–, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo […] Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”
Con los teléfonos móviles, podríamos tener esa misma sensación de ser nosotros “los regalados”. Y el obsequio puede ser, en efecto, un “calabozo de aire”, parafraseando a Cortázar. Un calabozo donde involuntariamente perdemos la noción del tiempo, donde los algoritmos tienden a amplificar mensajes polarizados y desinformativos, donde uno de cada diez adolescentes sufre ciberacoso y los jóvenes son perpetradores y víctimas de nuevas formas de violencia.
Además, lejos de acabar con los estereotipos, las redes sociales acentúan algunas desigualdades. Por ejemplo, como nos explicaba Milagros Sáinz, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en las redes “la excesiva importancia de la imagen corporal, y la cosificación y sexualización del cuerpo de las mujeres que implica, hace a las chicas especialmente vulnerables a determinados problemas de salud mental”.
Estos son los temas en los que profundizan algunos de los artículos que hemos publicado en torno a una temática que preocupaba a la sociedad: el bienestar digital de los menores. A través de más de sesenta textos hemos funcionado como agregadores de conocimiento multidisciplinar sobre bienestar digital aportado por sociólogos, educadores, psicólogos, pediatras, legisladores, expertos en ciberseguridad, psiquiatras, lingüistas…
Con algunos de ellos mantuvimos, además, una decena de conversaciones en persona en las que fuimos testigos de la creación de nuevas conexiones entre investigadores e iniciativas sociales que comparten (compartimos) el interés por el bienestar digital. Y esas redes de conexiones incluyeron a los propios jóvenes, parte esencial de los eventos, que agradecían encarecidamente que su voz se escuchara en este tipo de foros y soñaban con que se convirtiera en algo habitual.
Lo que los menores tienen que decir
Sin menospreciar todo lo que hemos aprendido de los debates con expertos, queremos subrayar cuánto nos ha sumado escuchar a los chavales. En uno de los últimos eventos celebrados, cuando le preguntamos a un grupo de jóvenes qué mensaje le mandarían “a su yo del pasado”, una de ellas respondía:
“Mejor se lo mandaría a mis padres, y a los padres de mis amigos (risas). Les insistiría en que un móvil es una bomba de dopamina y de estímulos que no se debe poner en manos de un niño, porque es incapaz de dosificarse. Y le diría: ¿por qué no te esperas unos añitos más?”.
Mientras sus compañeras y compañeros asentían, ella continuaba:
“Hace poco subí con amigos al Albaicín, en Granada, a contemplar una puesta de sol maravillosa. Y nos encontramos con un niño va en un cochecito de bebé mirando absorto una pantalla… ¡con lo bien que le vendría neurológicamente admirar ese atardecer! Es desolador que adultos tomen esa decisión por ellos y les priven de experiencias reales”.
Finalmente, añadía que en su generación, en su entorno y en las propias redes, empiezan a aparecer voces que reclaman tiempo sin pantallas, que ponen en valor la desconexión y cuestionan cada vez más lo que les aportan las pantallas en comparación con lo que les resta, lo que desplaza. Que hablan de reconectar con los otros, del contacto en persona y el contacto con la naturaleza. Hay esperanza…
Entender primero, usar después
Tras un año con los oídos bien abiertos, resuenan en mi cabeza demandas de los jóvenes que están muy lejos del “Todo va bien” o “Dejadnos tranquilos, que sabemos lo que hacemos” que podríamos pronosticar. “Por favor, explicadnos cómo funciona Internet –y eso de la economía del dato, la seguridad y la privacidad– antes de poner un móvil en nuestras manos (y ponedlo más tarde que pronto)”, reclamaba un chaval de 14 años. “Envidio a mis padres, que fueron adolescentes en un mundo sin móviles”, reconocía un grupo de alumnos de 4º de la ESO. Notando su desesperación, en una ocasión les pregunté: “Imaginad que aquí hay un botón y si lo pulso ninguno de vuestros compañeros y amigos usa redes sociales, vosotros mismos no podéis usarlas, todas vuestras cuentas de redes sociales desaparecen, ¿lo pulso?” Un 90 % respondió con un rotundo sí.
“Yo desconecto del móvil en la cena, pero mis padres no: es difícil hablar con ellos, supongo que porque por el móvil les llegan mensajes del trabajo a todas horas”, lamentaba una chica, respaldada por los “Yo igual”, “Y yo”, “En mi casa también” de sus compañeros. Las expertas y los expertos, por su parte, aunque no habían escuchado estos comentarios, coincidían en que si hubiese que cambiar un solo hábito en el mundo ese sería “cenar cada día juntos, en familia, sin pantallas”.
Es más, ni siquiera deberíamos dejar el móvil sobre la mesa porque, como nos insistía Estrella Montolío, de la Universidad de Barcelona, “la simple presencia de un móvil, aunque esté en modo silencio, divide la atención de los participantes entre las personas reales presentes y la gente virtual”. Ese móvil silencioso “inhibe la posibilidad de iniciar y compartir conversaciones de interés, dado que los participantes sospechan de manera inconsciente que el dispositivo puede reclamar la atención de su propietario en cualquier momento desde un universo virtual paralelo, por lo que deciden ‘surfear’ los temas de conversación en lugar de profundizar en ellos”.
Conocer para tener el control
Para que cuando nos regalen un móvil no seamos nosotros los regalados, la mejor vacuna es el conocimiento. Entender la economía del dato, entender el algoritmo, analizar de forma crítica nuestras renuncias a la privacidad, etc. nos permitirá tomar el control y decidir de manera consciente cómo, dónde, cuánto y con qué contenido usamos la tecnología (y dejamos a los menores a nuestro cargo que lo hagan).
“Queremos educar ciudadanos y ciudadanas capaces de usar la tecnología de una manera competente, adecuada y responsable en su vida diaria”, declaraba Victoria Marín Juarros, de la Universitat de Lleida, aportando ideas para desarrollar una mirada crítica hacia la tecnología desde las aulas. Desde las aulas y, por supuesto, desde casa.
