México entre el norte y el oriente

La apuesta total del gobierno de México es mantener una relación de libre comercio con Estados Unidos, lo cual no deja de ser abrumadoramente neoliberal, pero también totalmente acertado.

Los costos que tiene que pagar el régimen no son con su clientela política a la que pueden convencer de lo que sea con sus artes propagandísticas. Si antes se oponían al libre comercio porque argumentaban daños a la producción mexicana, hoy pueden meter en la cabeza de su feligresía de que eso es lo mejor que le puede suceder al pueblo.

La factura por pagar la pone Donald Trump, quien ha usado los temas comerciales como moneda de cambio, o extorsión, para obtener otros beneficios.

Para México se cruzan en las negociaciones formales del eventual pacto sucesor del llamado T-MEC, los asuntos de migración y narcotráfico.

Pero en el área meramente comercial también hay condiciones que México tiene que cumplir de manera unilateral para aspirar a mantener un acuerdo comercial con Estados Unidos.

No importa si el beneficio de un nuevo acuerdo es recíproco, se acabó aquello de una relación de socios, entre iguales, estos tiempos son de tratar de maximizar lo que el Presidente de Estados Unidos considera sus bondadosas y magnánimas dádivas a los otros.

La primera pérdida que aparece como inevitable es a una relación trilateral de América del Norte. Si el Trump del primer mandato toleró a regañadientes un pacto de tres países, esta versión actual del republicano claramente quiere romper esa unión y, si esa es su voluntad, va a suceder.

Ya tocará a México buscar un puente con los canadienses para mantener una relación comercial que, de hecho, es más potencial que estratégica.

Pero otro cambio en materia comercial que impone Estados Unidos y que México ya ha aceptado es en su relación con China.

Ese país nos vende, pero no nos compra, como bien simplificó el exsecretario de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O.

La ventaja para México ha sido la entrada de bienes intermedios y productos de consumo a bajos precios, muchos subsidiados, que aumentan el nivel de satisfacción social y que contribuyen a mantener la inflación baja.

La desventaja es la destrucción de las cadenas mexicanas y norteamericanas de producción.

Más allá de los frenos que ya se ponen a la importación hormiga a través de plataformas de compra en línea, con impuestos específicos, la versión que circula en Wall Street es que México aplicará una cuota arancelaria general a las importaciones chinas, tal como lo desea la administración de Trump.

Eso suena fatal en términos políticos, porque parece sumisión. Sin embargo, sí hay un abuso de la apertura de México a ese importador y claramente es una condición de Estados Unidos para conservar el libre comercio con México.

Si esto se concreta, de la mano del Paquete Económico, a presentar en menos de 10 días, habrá efectos múltiples para la economía mexicana, desde presiones inflacionarias hasta desabasto de insumos industriales, muy en especial para los sectores automotriz y de telecomunicaciones.

Sin embargo, la disyuntiva no parece tener otra salida, o nos quedamos con la relación tensa y grosera con el mercado que más nos compra, o seguimos cambiando oro por espejitos con los chinos.

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