Las dos caras de la participación laboral de las mujeres en México

Las dos caras de la participación laboral de las mujeres en México

En “El Museo de la Inocencia”, la novela del escritor Orhan Pamuk, Füsun es una joven que, en el contexto de la Turquía en modernización, busca cumplir el sueño de ser actriz, pero sus aspiraciones chocan con las limitaciones de su entorno que la restringen a vivir encerrada en su casa. La imposibilidad de decidir sobre su propia vida la frustra hasta la muerte.

Contrario a esta realidad, en el mundo de hoy cada vez más mujeres tienen la autonomía suficiente para decidir el curso de su vida, incluyendo la participación en el mundo laboral. Este fenómeno de que las mujeres ‘salgan’ a trabajar se produjo por diversas razones. Una de las más importantes es el mayor nivel de escolarización.

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Un análisis de series históricas, realizado por el IMCO, permite ver que las mujeres en México pasaron de niveles de analfabetismo superiores al 75% –a inicios del siglo XX–, a ser la mayoría en la matrícula de la educación superior. Por ejemplo, en la UNAM, institución en la que la primera mujer en titularse de medicina –la Dra. Matilde Montoya en 1887– necesitó de la aprobación del presidente, hoy se titulan más mujeres que hombres.

La participación de las mujeres en el mercado laboral también se explica por hechos históricos particulares, como las guerras y las crisis económicas, que requerían generar ingresos para el hogar. En México, durante la crisis de 1994, se necesitó mano de obra para contribuir al ingreso familiar, lo que explica que las mujeres empezaran a trabajar, principalmente en el sector de comercio.

Que 46% de las mujeres participen en el mercado laboral es una buena noticia, considerando que esa proporción era de 6% en 1900. Sin embargo, es una buena noticia a medias, porque el aumento no se ha producido con el ritmo ni las condiciones deseadas. Aún persisten rezagos importantes, por ejemplo, los empleos informales, aquellos que implican falta de estabilidad y de prestaciones sociales, son más comunes en mujeres que en hombres. También se mantiene la brecha salarial: actualmente, las mujeres ganan en promedio 87 pesos por cada 100 de los hombres.

Además, aunque cada vez vemos más mujeres en puestos directivos, la participación es baja. De acuerdo con el IMCO, 3% de las direcciones generales y 14% de los lugares en los consejos de administración de las empresas listadas en bolsa están ocupados por mujeres.

Estas condiciones del mercado laboral coexisten con la demanda de trabajo no remunerado. En la sociedad actual se han presentado cambios que impulsan la participación laboral de las mujeres, pero se mantienen –en general– condiciones que exigen que también se ocupen de las labores del hogar, una doble o triple jornada que afecta la calidad de vida y la salud de las mujeres. Entre estos factores están la permanencia de la división tradicional de las tareas entre hombres y mujeres, la falta de oferta pública de servicios de cuidado de calidad y los sesgos en procesos de selección y promoción en las organizaciones.

Como lo explica la nobel de economía Claudia Goldin, las mujeres que se han preparado y tienen la posibilidad de desarrollar una carrera posponen su decisión de tener hijos porque, precisamente, buscan asegurar los retornos personales y financieros de esta inversión educativa. Si los hombres y los gobiernos no están en la disposición de asumir el trabajo de cuidado, la decisión de tener hijos cambia. Esto se entiende, entre otros factores, por la penalización por maternidad en la trayectoria laboral. El Inegi estima que existe una brecha de 18 puntos porcentuales en la proporción de mujeres que trabajan y no tienen hijos (83.3%) con respecto a quienes son madres (63.3%).

En tanto no se generen las reformas, acuerdos y políticas públicas –entre diferentes actores– para equilibrar la vida laboral, familiar y personal de las mujeres, su participación y autonomía será una moneda con dos caras muy distintas: por un lado, la tendencia a participar más y, por otro, la acumulación de brechas y rezagos que indican que llegar a la paridad tomará años, décadas o siglos.

*La autora es coordinadora de Sociedad en el IMCO (@NataliaCampos7)

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